miércoles, 27 de marzo de 2013

De levas y atavismos

Cuando era adolescente en los noventas, las levas eran una leyenda urbana, y el servicio militar era supuestamente obligatorio, aunque todos sabíamos cómo evitarlo.

Entrar a la universidad apenas se terminaba el colegio era una buena alternativa. Si eras universitario, te dejaban tranquilo. En ocasiones, solo el declarar las intenciones de ir a la universidad (aunque aún no estés en ella) podía servir: fue mi caso cuando me tocó ir a los exámenes de rigor en la Fuerza Aérea del Perú; decir esto bastó para no pasar el examen psicológico, el primero de los tres que estaban en la lista. Pero para quienes no tuvieran esa suerte, un buen contacto en las Fuerzas Armadas podía ayudar a evitar el servicio militar con un sello grande de “reserva disponible” en su documento. Muchos en los cuerpos armados aprovechaban eso para ganarse unas monedas jugando con la ansiedad adolescente. Vox populi. Conocí a algunos que usaron esta última opción.
  
Años después primó el sentido común, y el servicio militar se transformó en voluntario. Sin embargo, donde no hubo sensatez fue en las Fuerzas Armadas, al ignorar el hecho de que debían hacer más atractivo al producto ofrecido (servicio militar). Antes, la gente llegaba forzada a un régimen que era considerado una pérdida de tiempo. El flujo era constante, con cero incentivos para que las Fuerzas Armadas hicieran que el paso por ellas tenga una trascendencia práctica a largo plazo. Pero al hacerse voluntario el servicio militar, perder dos años de vida se hizo nada atractivo, y muy pocos jóvenes consideraron con seriedad entrar. Si un producto es pésimo, ¿por qué tomarlo? Con el tiempo mejoraron algunas cuestiones, pero de manera completamente insuficiente.

El producto siguió siendo malo, haciendo en unos años crítica la situación. Nadie iba a los cuarteles. ¿Qué hacen, entonces? Optaron por la obligatoriedad, la solución más fácil. Mal. Además, el gobierno decidió quedarse con el antiguo soborno al establecer una multa de setecientos dólares a quienes no vayan a las convocatorias. Peor, porque discriminan en favor de quienes pueden pagar la penalidad. El día de hoy, son escasos los que consideran en serio la opción del servicio militar por la pésimo del producto, y como en cualquier mercado, lo que deberían hacer es mejorarlo para que la gente opte por tomarlo. Estoy totalmente en desacuerdo con esa visión militarizada de que es un “compromiso moral y un deber moral de todos los peruanos” como lo dijo Donayre a Perú21. Yo amo y sirvo al Perú tan igual o más que un militar, siendo profesional, y trabajando desde mis espacios para el desarrollo de la Patria. Igual o más que un militar. Esta perspectiva de Donayre es distorsionada porque yerra en el enfoque que debe tomarse. En realidad, hay que ir un paso más allá, sacando a la luz algo mucho más profundo y urgente: la visión atávica de las FFAA que debe cambiar, para adaptarse a los tiempos modernos. ¿Qué harán cuando La Haya se defina, y nuestras fronteras queden totalmente definidas?  Es, por lo tanto, necesaria la discusión de su nueva misión en un Perú moderno sin conflictos armados externos, donde contribuyan de manera concreta al desarrollo de la nación.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Este juego no vale tanto

De adolescente, en los noventas, fui al estadio muchas veces. Como el dinero era escaso, iba con mis amigos a sur; a veces a la barra, a veces al lado para mirar el partido con relativa tranquilidad. Desde tribuna popular vi muchos triunfos aliancistas, y algunas derrotas. Copas Libertadores, partidos amistosos, y por supuesto, algunos clásicos los vimos en desde la perspectiva del aliento blanquiazul, y nunca tuvimos problemas por eso. Nos juntábamos en alguna esquina del barrio, tomábamos un micro, y luego caminábamos lo que fuera necesario para llegar a Matute o al Estadio Nacional. Para cuando terminé la universidad ya iba muy poco al estadio, de preferencia cuando jugaba la selección ya que en esos encuentros el ambiente era mucho más tranquilo. 

Con el tiempo la vida fue cambiando, y también la experiencia de ir a un estadio. Aunque ya en los noventas el problema de la violencia era latente, creo que se hizo peor con el tiempo. Sin embargo, siempre pensé que eso no era un problema inherente y exclusivo del fútbol. Si decenas de personas se enfrentan a pedradas en una avenida de Lima escudados en sus camisetas deportivas, esto era por nuestra condición de sociedad fracturada, sin futuro, brutalmente disfuncional. El futbol y su parafernalia son solo un conducto por donde la violencia contenida sale a la luz, a la manera de un volcán. Es obvio que tenemos un problema como país, pero nada se está haciendo para solucionarlo. El tránsito violento, la indiferencia, el terrorismo, el racismo asolapado, el ignorar las reglas y las leyes, el poco interés de hacerlas cumplir, la delincuencia que crece, todo eso y más son los síntomas de nuestra enfermedad nacional. Y de lo único que se habla –a manera de cura- es de crecimiento económico, que para colmo es profundamente desigual. 

Hace un tiempo murió una chica, contadora ella, empujada por un energúmeno disfrazado de crema que la empujó de un bus en movimiento. Viene a mi mente el chico con síndrome de Down que miraba un partido en la tribuna de occidente, que murió impactado por una bengala lanzada desde la tribuna de enfrente: fue un militar dizque apasionado por su equipo. Vienen las múltiples notas periodísticas de muertos por enfrentamientos entre delincuentes barristas, de uno u otro color, acuchillados, baleados. Y ahora, llega esto, un joven asesinado, lanzado desde un palco supuestamente seguro al pavimento de la tribuna, alguien que podría ser cualquiera de nosotros. ¿Tanto vale el futbol? Definitivamente no. 

Como buenos peruanos, ya nos estamos lavando las manos. El club dueño de fecha dice que los palcos no les pertenecen, que son propiedad privada, que ellos solo son encargados de la tribuna y la cancha. La asociación de palquistas dice que ellos tampoco son los responsables. La policía seguro dirá que en propiedad privada no se meten. Algunos hinchas dicen que el problema es que se haya alquilado palcos a simpatizantes del equipo contrario (o sea, que el que fue al palco buscó su propia muerte. ¿Tanta estupidez hay en mi país?). Un muerto en un estadio, y nadie asume las consecuencias. Una porquería. Estos señores que no quieren asumir nada son parte de un negocio que vive con sus balances en rojo, no paga sus obligaciones con sus trabajadores y jugadores, permiten negociados extraños en las ventas de sus jugadores, tienen una cuantiosa deuda en impuestos que no se ven interesados a pagar, y para colmo, acogen a individuos violentos a los que les regalan entradas gratis o viajes. Si la cosa es tan distorsionada, quizás haya que suspenderla por un tiempo. Tal vez así se aprenda que el futbol, a fin de cuentas, es solo un juego, y que si ese juego cuesta vidas humanas, quizá nunca más debamos jugarlo.

domingo, 7 de agosto de 2011

Españistán

El siguiente es un interesante video que nos muestra de manera muy sencilla y jocosa el porqué de la crisis española actual. Un alumno mío me pasó el enlace, y lo comparto con ustedes. Por supuesto que hay mucho más que decir, pero en poco más de seis minutos el catalán Aleix Saló hace un excelente compendio de lo fundamental. Lo triste es que las cosas se pondrán peores. Y pagarán los platos rotos los mismos de siempre.

domingo, 9 de enero de 2011

La historia de las cosas

Mi amigo Ignacio Simal colocó este excelente video en Facebook. Vale la pena pensar en esto e iniciar una profunda reflexión al respecto.

jueves, 25 de febrero de 2010

La doctrina del odio

Los fujimoristas permanentemente exponen la teoría del odio: millones de personas, en realidad todos lo que se oponen a Fujimori, lo odian con todo su corazón; aclaran que es un encono absolutamente injusto porque él sacó al país del abismo en que el joven y alterado Alan García nos dejó destrozados económicamente, anulados socialmente y casi derrotados por Sendero Luminoso. No debemos olvidar también que nos brindo, como regalo celestial de yapa, la paz definitiva con el Ecuador y el espectacular rescate de los rehenes. En otras palabras, los peruanos que nos oponemos a la influencia política fujimorista somos unos reverendos ingratos, que hoy vivimos de los activos que se crearon debido a las condiciones que Fujimori propició. Si hoy soy profesional y tengo trabajo, es porque hay un país en crecimiento y con una relativa estabilidad: ello es obra de Fujimori, y le debo estar agradecido. El odio es un sinsentido generado por antipatías irreales y manipuladas por gente que no aprecia la obra ingente y espectacular del “presidente más exitoso de la historia” (según los incondicionales de Fujimori). El odio es el móvil de la reciente condena de 25 años del ex-presidente. ¿Es esto así?

Es verdad que en el Perú existe una fuerte polarización por Alberto Fujimori. Un importante bastión aún lo respalda, en especial en las clases populares, a las que lo único que les interesa es el recuerdo de las obras del Chino como los miles de colegios que construyó y sus comedores populares. Una legión más grande lo rechaza, pensando en su descarado uso de los medio de comunicación en contra de sus antagonistas, los abusos de los derechos humanos, el copamiento de los organismos del poder que tan bien está imitando Hugo Chávez, la increíble influencia de su mellizo político Vladimiro Montesinos, el fraude electoral del 2000, el destape de su doble nacionalidad (y la desfachatez de su candidatura al senado japonés con el fin de globalizar el fujimorismo –Carlos Raffo dixit-), pero en especial el más alto nivel de corrupción de la historia peruana sin ninguna discusión. Son inolvidables las escenas del Doc con fajos de billetes, a manera de ladrillos, entregados a los dueños de los principales canales de televisión, vendidísimos al fujimontesinismo pero bien filmaditos todos ellos, y la renuncia a la presidencia vía fax, aprovechando el viaje a una cumbre internacional de presidentes en Brunei. Inquietantemente surrealista. Pero que esa polarización refleje un odio generalizado contra Fujimori que lo quiere hundir a costa de todo pues no lo creo, no lo percibo. Las cosas no son así.

Siento en el fujimorismo un exceso de sensibilidad que no tenían cuando estaban en el poder. Ellos eran crueles con sus opositores, llenando de noticias falsas los periódicos de cincuenta céntimos y acusándolos de las cosas más inverosímiles. No les importó la familia de los involucrados ni el honor personal. Ese sí era realmente odio, que se hacía concreto día a día; no era una antipatía reflejada en una declaración sino una calumnia que destrozaba personas con la sutileza de una trituradora de carne. Por ello no tienen derecho a hablar de odios, de resentimientos, como si Fujimori fuera un inocente que no supiera nada –idiota argumento-. Hizo muchas cosas buenas y necesarias, sí, pero cosas terribles que nos hundieron en el desencanto y la inmoralidad. Alan destruyó la economía; Fujimori destruyó la confianza y nos dejó como unos pordioseros de la ética y la moral. Eso es peor. Y no se habla del tema.

Otra cosa que también percibo es un tremendo error de los fujimoristas en su forma de percepción de la labor judicial (cosa que para nada me sorprende, porque ellos manipularon este poder del estado a su antojo). La judicatura funciona para, esencialmente, solucionar diferencias de opinión entre dos partes y sancionar los delitos que se encuentran tipificados en las leyes respectivas. En otras palabras, se encarga de ser árbitros y de castigar las cosas malas que hace la gente. La gran pregunta es: ¿Y quién se encarga de premiar las cosas buenas? Pues nadie. La falta se paga pero las buenas acciones no se amortizan de la misma manera. O sea, yo reparto 100 soles entre los necesitados y el pago es espiritual, pero si yo los robo seguro que paso unos días en la comisaría. Más aún, debemos tener en cuenta que lo más importante es que los delitos y las buenas acciones no se netean, no se cancelan mutuamente como si fueran transacciones comerciales: mi donación a los niños pobres de Haití no redime mi asesinato. Judicialmente es inaceptable. Y, por lo que sé, a Fujimori se le condena por delitos específicos que cometió como presidente. Y las reglas están dadas: eliminar la hiperinflación no lo libra de pagar por la ejecución de los estudiantes de la Universidad de la Cantuta (así hayan sido terroristas), firmar la paz con el Ecuador no lo salva de pagar cárcel por entrar con un fiscal falso a la casa de la ex esposa de Montesinos, el brillante rescate de los rehenes no lo exime de ser condenado por la escandalosa compensación por tiempo de servicios que le pagó a su asesor estrella. Así no funcionan las cosas. Eso no es odio, simplemente aplicación de la justicia más elemental, como le sucedería a cualquier peruano común y corriente.

sábado, 20 de febrero de 2010

Un político postmoderno

Las elecciones presidenciales peruanas aún están lejos. Poco más de un año nos separa de la fecha clave, y algunos aspirantes alborotan el gallinero con muy diferentes propuestas, palabras, argumentos ―o ausencia de estos―, dichos, silencios, cálculos y demás parafernalia. Lo mismo de siempre.

O casi.

En esta ocasión, Jaime Bayly ―quizá el personaje televisivo peruano más conocido internacionalmente y también destacado por ser escritor de novelas― no oculta sus aspiraciones presidenciales. Semana tras semana las comunica en su programa, y ya publicó unas ideas iniciales que pueden ser un punto de partida de un plan de gobierno, que han generado agrias críticas en la sociedad y algunas pocas simpatías. Definitivamente no estamos listos para ver parejas homosexuales casándose en el Parque del Amor de Miraflores aunque la cancelación del Concordato sea algo que quizá sí pudiera darse sin resentimientos de la mayoría de peruanos. Obviamente que en el tema educativo no tiene detractores.

Lo que más me agrada de la candidatura de Jaime Bayly es que él está, sin pretenderlo, marcando una pauta de un tipo de liderazgo postmoderno, alejado de la inmunda política peruana llena de corrupción y doble moral. Todos conocemos la vida de Bayly porque él sencillamente expresa lo que le pasa semana tras semana en su columna periodística o la ha traslucido en sus ficciones. Todos sabemos que es bisexual, que ha consumido drogas, que tiene una enamorada de 21 años (él tiene como 45, más o menos), que sus desencuentros con su familia no son pequeños, que no terminó la universidad, que toma pastillas para dormir, que su animadversión hacia la iglesia católica es colosal, que defiende la libertad por sobre otras cosas; es imposible imaginar una transparencia mayor, políticamente suicida. Tan distinta a la del presidente Alan García, que con cara de estreñido tuvo que anunciar que tenía un hijo de una relación extra-matrimonial (con la Primera Dama al costado, dura como una piedra de Machu Picchu), o los permanentes “destapes” que las campañas presidenciales poseen: por ejemplo, allí nos enteramos de la hija no reconocida de Alejandro Toledo, que estuvo en un larguísimo juicio hasta que consiguió finalmente ser aceptada, con hipócrita mensaje a la nación incluido. Pienso que este liderazgo abierto que no esconde sus defectos sino que los expone sin miedos y con humildad es lo que necesitamos, y no solamente en la política, sino en muchos otros ambientes.

Lo más negativo de Bayly es, por supuesto, su cercanía con el grupo político que dirigió el gobierno más corrupto de la historia del Perú: el clan Fujimori. Eso, probablemente, lo termine hundiendo, aunque uno nunca sabe por tu carácter errático, pero aún estamos demasiado lejos para saberlo con precisión. Quizá la moda, como brillantemente dice Alfredo, termine pronto.

domingo, 28 de junio de 2009

País partido

El Perú, como tantos otros estados, es un proyecto de nación, una idea, un proceso aún inconcluso que supuestamente nació con José de San Martín en 1821 pero que está lleno de conflictos consigo mismo. Nuestra diversidad es amplísima pero, como ha sucedido en otros sitios, la nación peruana ha andado por la historia ignorando la realidad de muchos con tristes resultados. Nuestro brutal pero solapado racismo es proverbial, de todas partes hacia todas partes: Lima versus provincias, costa versus sierra, clase alta versus clase baja, blancos y mestizos versus andinos, San Isidro versus Comas, Facebook versus Hi-5… y así podemos seguir. Viejas herencias, dicen algunos.

Muchas de nuestras relaciones entre peruanos se ciñen a la realidad del racismo solapado, lo que es agravado por nuestro propio subdesarrollo y la enervante pobreza que nos ahoga. El Perú ha crecido mucho económicamente en los últimos años pero concentrado en Lima, en la costa, beneficiando en especial a los que ya tenían. La sierra languidece y los niños mueren de frío en el sur día a día, pero nos concentramos en los contagiados de la gripe porcina de los colegios A-1 de Lima. En este escenario la selva, por supuesto, está a la cola de las propuestas de desarrollo nacional. Los shipibos y aguarunas no son importantes.

Las políticas se piensan desde Lima hacia el resto del país. Aunque de alguna manera ya se ha iniciado un proceso de descentralización, aún muchas de las leyes -como pueden suponer- no son pensadas desde el punto de vista de quien las debe cumplir sino desde el burócrata estatal, en especial cuando éstas deben legislar a algunas de las muchas culturas que existen en el Perú. Esto se da particularmente en la selva peruana, otro mundo totalmente distinto al ande y a la costa urbana. En muchos puntos es como si fueran un país distinto, donde las cosmovisiones ancestrales dominan la perspectiva de las cosas de la gente que vive allá, algo muy distinto a los limeños que miramos más a los valores de occidente.

Por ejemplo, la visión que tenemos de la selva aquí es la de un lugar lleno de recursos listos para explotar, una visión economicista, cuya génesis está en la satisfacción de las necesidades y en la necesaria cadena de producción que se requiere para esto. Queremos las caobas, los cedros, el petróleo, el agua y el gas. En contraste, los nativos buscan el equilibrio con el medio ambiente y se sienten satisfechos con su estilo de vida sencillo, donde ni siquiera existe el dinero. Obviamente se percibe un conflicto de visiones, y es una lástima que el mismo espíritu que arrasó con los indígenas en, por ejemplo, Latinoamérica en época colonial pero también en las independientes Argentina, Chile y los Estados Unidos, continúe. Me refiero a la minimización de los nativos, a su estigmatización, a esa idea perversa de pensar que son poco inteligentes, enemigos del progreso, primitivos, ciudadanos de segunda clase (lo dijo el mismo Alan García). Por consiguiente, podemos hacer lo que queramos con ellos; por ello debemos pensar por ellos, por ello sin remordimientos los acallamos enviando una batallón policial con poca organización y menos planificación para que se las arreglen como puedan, y si hay que usar balas, pues que se usen.

(Claro, no es el discurso oficial, pero algunos periodistas radicales sí lo decían explícitamente).

Ahora están todos los muertos, tanto del lado policial como del nativo. Y del lado político nadie es responsable. La muy evangélica ministra del Interior se aferra al cargo, el presidente no dice nada, los congresistas se hacen los locos, el gabinete dice que la decisión de acabar con los disturbios fue de todos los ministros –que es igual a decir que es de nadie-. Y luego de las bombas lacrimógenas desde helicópteros y policías degollados, ahora sí hay voluntad de dialogo, ahora sí se consultarán los decretos en cuestión, ahora sí se hará una ley forestal consensuada, respetuosa de los que por miles de años han vivido allí. ¿Y por qué la sangre, entonces? Si se pudo evitar, ¿por qué llegar a los extremos? Nos ganó el racismo y la actitud prepotente hacia el nativo amazónico, algo en extremo penoso. ¿Y ahora quién traerá la justicia, el consuelo, la paz real y trascendente? ¿Quién consolará a la esposa del oficial muerto en acción? ¿Quién criará a los niños de aquel líder tribal que murió en los enfrentamientos?

Alan García de seguro no lo hará.


Imagen: http://diariodeiqt.wordpress.com/2009/06/06/justicia-para-la-amazonia/

sábado, 25 de abril de 2009

La forma importa

Los seguidores de Fujimori siempre han sido personajes absolutamente resultadistas, gobernados por esa idea maquiavélica que les lleva a decir que “si el fin se cumplió, si tuvimos éxito, los detalles de los medios son poco relevantes”. Por eso, durante años su caballito de batalla fue repetir a la ciudadanía los logros de los diez años de dictadura disimulada: la derrota del terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA, la reactivación económica luego del colapso del primer gobierno de Alan García, y la paz definitiva con el Ecuador luego de la guerra no declarada de 1995. Si lo pensamos en frío no es poca cosa, ya que pocos presidentes pueden darse el lujo de tener en su palmarés soluciones de esa magnitud. Sin embargo, la carga negativa también es grande, en especial un par de cosas. La primera, la corrupción más grande de la historia peruana de lejos, lejos, lejos, que llevó a Fujimori a una patética renuncia por fax desde su otro país, Japón, con un larga estadía allá que lo hizo casarse por segunda vez e inclusive probar suerte en las elecciones niponas. La segunda, su política destinada a perpetuarse en el poder, copando la prensa, el Poder Judicial, el Congreso, las Fuerzas Armadas, los organismos electorales y otros estamentos que estuvieron a merced de su asesor gemelo Vladimiro Montesinos.

Hay, no obstante, otra carga negativa que siempre los fujimoristas han tratado de ocultar, minimizar u obviar, y es el tema de las distintas matanzas que se dieron dizque en el contexto de la guerra antisubversiva (si Fujimori sería gringo les hubiera puesto el nombre de daños colaterales). Recuerdo -en mis tiempos colegiales- leer en los periódicos las denuncias de periodistas opositores sobre la responsabilidad del gobierno en los casos emblemáticos de los asesinatos de los alumnos y el profesor de la Universidad La Cantuta y los muertos de la quinta en Barrios Altos. También recuerdo las reacciones de los allegados a Palacio de Gobierno, desmintiendo todas las sospechas e inclusive amnistiando a los involucrados en las denuncias. Había, pues, cosas más importantes en las cuales concentrarse, como la reelección en 1995, donde Javier Pérez de Cuellar fue derrotado. La política secreta de matanza de sospechosos no era de la incumbencia de ciudadanos de a pie como nosotros. Según ellos, nos estaban salvando del terror.

Todo eso es parte del pasado, pero cuenta a la hora de la condena de veinticinco años de prisión que recibió Kenya hace unas semanas –que, debo reconocer, me alegró-. ¿Cuál es el mensaje que los peruanos debemos digerir de este momento histórico? Los analistas se han encargado de encontrar verdades a tomar en cuenta; para mí en particular, una de las cosas que se nos está diciendo es que la forma de hacer las cosas sí importa. ¿A qué me refiero? Perú estaba siendo asfixiado por el terrorismo a inicios de los noventa, y era necesario tomar decisiones difíciles. ¿Puede el gobierno usar las mismas estrategias de los terroristas que, por ejemplo, dinamitaron a una dirigente popular? ¿Puede utilizar estrategias más sanguinarias? ¿Para llegar a la victoria era lícito crear comandos de la muerte, que por lo bajo asesinaban a posibles terroristas, enterrando los cuerpos en algún cerro de la periferia de Lima? ¿Era permisible entrar a un tugurio del centro de Lima, donde sabíamos que se encontraban terroristas, y ametrallarlos sin contemplaciones? ¿Y qué si nos equivocamos y eran inocentes, como finalmente sucedió en el caso de Barrios Altos?

La respuesta es no, porque la forma realmente importa. No estoy diciendo que ante los coches bombas nuestra reacción sea solo hacer una marcha de pañuelos blancos y palomas de la paz. Estoy diciendo que esa lucha –donde murieron cientos de policías y militares, la gran mayoría verdaderos héroes del Perú- debió haberse realizado dentro de los conductos legales que garanticen los derechos básicos de todas las personas, incluyendo los subversivos que, por esa particularidad, no perdían su condición de seres humanos. Comandos de aniquilamiento no son aceptables bajo ninguna circunstancia ni en ningún país del mundo. Todos merecemos el derecho a la defensa, inclusive si somos culpables y la cadena perpetua nos espera, o si nuestras ideas políticas son nocivas para el resto de la sociedad. Para ello está la justicia, las normas, la cárcel, no una capucha sobre las cabezas ni una detención irregular ni una tortura agravante ni una ráfaga sigilosa.

La forma es importante. Si allí se cometen abusos y delitos, por más que logren el objetivo, deben asumir las consecuencias. Por ello, Fujimori ha sido condenado. Justamente.

Imagen:

http://reportajealperu.blogspot.com/2009/04/fujimori-condenado-25-anos-al-dia.html

domingo, 15 de enero de 2006

Los Humala y algunas pequeñas obviedades

Aunque el de la imagen es Ulises, mi profesor en la UNI, la idea es aplicable para Ollanta, y, en general, para los Humala, sea el que sea.

Hay cosas obvias siempre. Las contradicciones del pensamiento Humala salen a la vista con demasiada claridad.

Se predica la supremacía cobrizo-andina, pero el padre les dio educación francesa (Franco-Peruano, valga la redundancia, rodeados de la "blanca" clase alta peruana. Hay que aclarar que el único que no tuvo esa educación fue Ollanta). Varios de los hijos se casaron con extranjeros y estudiaron fuera. Ulises, por ejemplo, hizo la maestría en La Sorbona.

Si gana Ulises, ¿Qué va a pasar con sus sobrinos mitad peruanos y mitad franceses, o mitad peruanos y mitad rusos? ¿O es que habrá una dispensa para ellos? ¿Y que pasaría con sus hijos nacidos en Francia?

Hay que recordar las declaraciones de la Sra. Bruce, ex-secretaria de Antauro y citadas en Caretas, sobre los gustos femeninos de Antauro. ¿Cobrizo-andinos o más bien caucásicos?

Un día conversé, hace años, con Ulises y le pedí explicaciones sobre Le Pen, el ex candidato de la extrema derecha francesa, que tiene abiertas ideas racistas. Recuerdo que él manifestó estar en contra de todos sus planteamientos. ¿Es que el racismo no vale para Francia pero sí para el Perú? ¿Cómo es eso?

Ollanta aprovecha el apoyo hacia alguien que represente el antisistema, pero él vivió como agregado militar del régimen, e hizo un tremento escándalo cuando le dieron de baja. Seguro que si no lo hacían, seguiría en Seul o en París, ganando un sueldo que no es poca cosa. ¿O no?

Y seguramente hay más contradicciones. Las citadas, creo yo, son excesivas. Por lo tanto, ¿Alguno de ellos merece ser presidente? ¿Qué piensan ustedes?

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Imagen extraída de "La República"

jueves, 12 de enero de 2006

Humala y el voto antisistema

Hay cosas que sorprenden por su obviedad. Humala recoge los votos de los hartos y de los marginados, de la masa de pobres desengañada e ignorante -enfatizan esto último algunos- y se preguntan muchos: ¿Por qué es así?

Del 85 al 90, la economía peruana fue triturada. Una mezcla de elementos externos e internos fue la causante. Retrocedimos varias décadas de crecimiento. ¿Qué hacer, entonces?

Llegó un hijo de inmigrantes japoneses, nacido supuestamente el 28 de Julio, sin plan definido y que ofrecía un triplete en su lema en que se destacaba la honradez (paradójico analizarlo desde los ojos de hoy. Las circunstancias nos dejan siempre perplejos). Él ganó las elecciones.

Era una suerte de antisistema. Político, específicamente. La gente se cansó de la crisis traídas por los gobiernos de los tres principales partidos del país (AP-PPC y el APRA) y puso al chinito del tractor.

En 1990 se inició un nuevo proceso, una nueva economía que debido a la crisis, se iniciaba con el shock. Necesario en verdad, porque habíamos colapsado. Y se les dijo que se ajustaran, que en unos años las cosas estarían mejor. Y esperaron entonces. No había otra.

"Privaticen todo lo posible. Quiten las protecciones al comercio. Dejen flotar los capitales. Suelten el tipo de cambio. El Estado tiene que tender a la regulación. Así, vendrá el desarrollo, tengan paciencia", les dijeron. Y siguieron esperando.

"Algunas grandes empresas deben tener exoneraciones tributarias. Así darán más trabajo y el futuro será mejor". Más espera entonces, sólo un poco más...

¿Cuántos años deben esperar? Ya han pasado 15, todos bajo el mismo modelo, y no hay cambios importantes para la masa marginada. Y la principal candidata en el fondo pide más tiempo.

La paciencia tiene un límite y 15 años creo que es bastante. ¿No tiene lógica, no es obvio entonces que los pobres quieran patear el tablero y votar por Humala?

domingo, 30 de octubre de 2005

El riesgo de muerte vale mil dólares

Mi experiencia docente más relevante tiene un par de años de enseñanza en la universidad, dictando Teoría Económica I a los ingresantes. Para explicar la muy conocida ley de la demanda hice una vez un ejercicio donde ficticiamente vendía un 20 en el exámen final del curso, suponiendo en el ejemplo que se dispone del dinero que se pretendía pagar. Preguntaba al inicio: ¿Quién me paga un sol?. Y todas las manos se elevaban en forma indefectible. La cantidad iba subiendo, cinco soles, diez, veinte, cincuenta, cien. Al llegar a los 200 soles se levantaban aún algunas manos pero no todas, y sólo dos personas estaba dispuestas a pagar 500 soles por el 20 (por más que el dinero estaba a "libre" disposición. Hasta lo más deseado tiene un límite pecuniario). Con este sencillo ejemplo de economía experimental uno podía encontrar la máxima cantidad monetaria que los que fueron mis alumnos estaban dispuestos a pagar por la nota máxima en el final, que aunque ellos la tomaban algo en broma, para mí brindaba conclusiones bastante serias.

Sobre todo si lo que vendemos es otra cosa.

¿Cuánto pedirías de sueldo si te ofrecieron el mismo trabajo que estás haciendo ahora, o más todavía, si te ofrecen el trabajo de tus sueños, pero en Irak?. Preguntemos lo mismo de una menera ligeramente diferente: ¿Cuál es el salario mínimo que te deberían pagar para aceptar un empleo en Irak? Para 600 peruanos, esa cantidad es un poco más de 1000 dólares, poco menos de 4000 nuevos soles. El riesgo de decapitación vista a nivel mundial por Al-Jazeera vale para ellos esa cantidad.

Ante eso, los muchos meses que llevamos de crecimiento consecutivo, o la balanza comercial positiva, o las posibilidades de ser grado de inversión en el mercado de capitales internacional, o la inflación controlada, se van al ducto del desagüe que finaliza en La Chira o Marbella. ¿De qué trinfalismo económico podemos hablar si algunos se han ido a Irak en foma absolutamente voluntaria por esa cantidad de plata?

sábado, 3 de septiembre de 2005

¿Sí se puede? No, ¡Sí se muere!

Se puede hacer reflexión de todos los temas, y el 4-1 que nos colocó la ex cenicienta del fútbol sudamericano seguro que nos hará pensar, renegar, sulfurar e incluso hasta llorar. Ya hubo un 5-0, pero fue ante Colombia, un equipo más fuerte en la práctica y el dolor se toleró, pero ante Venezuela, las cosas son más complicadas. Y aunque en teoría este blog se hizo con otra temática, es mi intención hacer una pausa y pensar en el sinsabor de la goleada.

Me gusta el fútbol pero no soy fanático. Soy hincha de Alianza, sigo a mi equipo, leo los periódicos deportivos con alguna frecuencia, ocasionalmente voy al estadio y, claro está, sigo a mi selección. Jugando soy pésimo. Todos entienden porqué puedo estar apocado ahora pero es de seguro el sentimiento de millones de peruanos. ¿Qué paso? ¿La panacea Ternero no nos trajo solución? ¿El ¡sí se puede! era para... Sudáfrica 2010, quizá para el 2014?. Al respecto, sólo quiero comentar un punto que no tiene nada que ver con la técnica ni con la disposición táctica ni con los convocados ni mucho menos con los dirigentes. Por mucho tiempo he leído y escuchado a gente que habla del problema de actitud del futbolista peruano, que cuando juega se "achica", que ante el equipo grande se empequeñece aún más de lo que ya somos, que a la hora en que las "papas queman", nuestros jugadores "arrugan" y acabamos perdiendo los partidos. Ejemplos al respecto sobran: el 7-0 del Brasil en la Copa América de Bolivia, la definición por penales en cuartos de final o semifinales de otra Copa América contra México, donde salvo Ñol, todos los demás fallaron sus disparos (tras el partido, Oblitas dejó de ser técnico), el 4-0 en Santiago de Chile cuando hubo el lío del himno nacional, y la lista puede extenderse. "Tenemos una técnica parecida a la de los brasileros, pero la actitud nos mata" puede decir un peruano promedio. "¿Qué hacer en cuestiones de autoestima?" se preguntaban los expertos.

El 2003 Cienciano del Cusco juntó a un grupo de jugadores ya mayores en promedio, jugadores que supuestamente ya no estaban para jugar en la U, Cristal o Alianza pero que guardaban cierta calidad todavía, y los puso al mando de un DT nacional: Freddy Ternero. Seguro el objetivo a inicios de año era clasificar a otro torneo internacional (el 2002 ya habían estado en la Libertadores haciendo un papel decoroso y estaban clasificados para la Sudamericana del año) y precisamente al iniciar la Sudamericana comenzaron ganándole a Alianza y Cristal, eliminándolos. Hasta allí todo estaba dentro de lo posible, e inclusive el 4-0 que le metieron a la Universidad Católica en Cusco estaba dentro de las previsiones. La derrota en Santiago fue mero trámite, aguantando un partido complicado, y clasificando a la siguiente etapa. ¿Milagroso hasta ese nivel? No en verdad, pero ya se vislumbraba en ese momento un equipo diferente, no en jugadores superlativos sino en deportistas inteligentes, que sabían sus limitaciones, las controlaban y tenían un poco más de actitud que el equipo peruano promedio.

Hasta que llegó la hora del Santos de la gran promesa Robinho. Y Diego, y otros más. Hemos de admitir que todos pensábamos, salvo los hinchas rojos más recalcitrantes, que la aventura copera cusqueña quedaba allí, y normal, otra vez el Cienciano había vuelto a hacer otra campaña aceptable. Pero... nadie se esperaba el partido en Santos, un 1-1 increíble, donde el asedio brasilero fue brutal pero en donde la actitud peruana fue impresionante. ¿Cuantas veces nuestros equipos han ido de visita por Libertadores y han recibido sendas goleadas? Aquí era distinto y recordábamos un poco al Cristal del 97, salvo que ese equivo cervecero tenía a varios jugadores de categoría, y Cienciano más bien era una especie de Tico, pero sin ningún complejo. El 2-1 en el Cusco fue un encuentro durísimo, pero el equipo no se cayó. ¿Cómo olvidar el 2-1 en Medellín? ¿El golazo de Maldonado? ¿El 3-3 en Buenos Aires ante River, jugando de igual a igual, sin miedo, con fuerza, con entrega y poniendo, como dijo el Chemo alguna vez, "la piel en la cancha"? Finalmente, ¡Acitud! ¡Un equipo peruano con actitud! ¡Encontramos a la persona que nos la puede dar! Y para corroborarlo, meses después ganaron la Recopa, con un gol en los últimos minutos y en la tanda de penales, impecables. No parecían peruanos. ¿Se acuerdan de la forma en la que pateó Acasiete su penal?

Y creimos que teníamos la clave, que con Ternero en la selección todo cambiaría, que ya el tema de la actitud estaría superado, pero llegó el 5-0 colombiano, el 0-0 con Uruguay, y ahora el 4-1. El ¡sí se puede! mutó a ¡sí se muere!. ¿Qué paso? ¿Qué está fallando? ¿El Gurú Ternero no era lo que pensábamos? Venezuela nos mete el 2-1 y la selección se fue al tacho de basura, llegando dos goles más por inercia, el mismo fenómeno que con Colombia. ¿Actitud? No lo es todo. Definitivamente hay más que eso, y eso se ha debatido mucho.

No, Ternero no tiene la varita mágica, y no tenía porqué tenerla. ¿Hasta cuando esperaremos que nos solucionen los problemas de esa forma? ¿Hasta cuando esperaremos el mesías que nos cambie la vida, que arregle todos nuestros problemas? ¿Hasta cuando esperaremos ganar la Tinka? Ni siquiera Dios hace eso con nosotros, sino que nos deja con nuestras imperfecciones. Nos ayuda, por supuesto, pero quiere que trabajemos, que hagamos algo, que usemos la cabeza y así mejoraremos. No es Papa Noel. El fútbol no es excepción. ¿Por qué ha de serlo? ¿Era Freddy el que vendría a fin de año a regalarnos la clasificación al mundial?

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Imágenes: RPP y Cienciano.com