sábado, 25 de abril de 2009

La forma importa

Los seguidores de Fujimori siempre han sido personajes absolutamente resultadistas, gobernados por esa idea maquiavélica que les lleva a decir que “si el fin se cumplió, si tuvimos éxito, los detalles de los medios son poco relevantes”. Por eso, durante años su caballito de batalla fue repetir a la ciudadanía los logros de los diez años de dictadura disimulada: la derrota del terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA, la reactivación económica luego del colapso del primer gobierno de Alan García, y la paz definitiva con el Ecuador luego de la guerra no declarada de 1995. Si lo pensamos en frío no es poca cosa, ya que pocos presidentes pueden darse el lujo de tener en su palmarés soluciones de esa magnitud. Sin embargo, la carga negativa también es grande, en especial un par de cosas. La primera, la corrupción más grande de la historia peruana de lejos, lejos, lejos, que llevó a Fujimori a una patética renuncia por fax desde su otro país, Japón, con un larga estadía allá que lo hizo casarse por segunda vez e inclusive probar suerte en las elecciones niponas. La segunda, su política destinada a perpetuarse en el poder, copando la prensa, el Poder Judicial, el Congreso, las Fuerzas Armadas, los organismos electorales y otros estamentos que estuvieron a merced de su asesor gemelo Vladimiro Montesinos.

Hay, no obstante, otra carga negativa que siempre los fujimoristas han tratado de ocultar, minimizar u obviar, y es el tema de las distintas matanzas que se dieron dizque en el contexto de la guerra antisubversiva (si Fujimori sería gringo les hubiera puesto el nombre de daños colaterales). Recuerdo -en mis tiempos colegiales- leer en los periódicos las denuncias de periodistas opositores sobre la responsabilidad del gobierno en los casos emblemáticos de los asesinatos de los alumnos y el profesor de la Universidad La Cantuta y los muertos de la quinta en Barrios Altos. También recuerdo las reacciones de los allegados a Palacio de Gobierno, desmintiendo todas las sospechas e inclusive amnistiando a los involucrados en las denuncias. Había, pues, cosas más importantes en las cuales concentrarse, como la reelección en 1995, donde Javier Pérez de Cuellar fue derrotado. La política secreta de matanza de sospechosos no era de la incumbencia de ciudadanos de a pie como nosotros. Según ellos, nos estaban salvando del terror.

Todo eso es parte del pasado, pero cuenta a la hora de la condena de veinticinco años de prisión que recibió Kenya hace unas semanas –que, debo reconocer, me alegró-. ¿Cuál es el mensaje que los peruanos debemos digerir de este momento histórico? Los analistas se han encargado de encontrar verdades a tomar en cuenta; para mí en particular, una de las cosas que se nos está diciendo es que la forma de hacer las cosas sí importa. ¿A qué me refiero? Perú estaba siendo asfixiado por el terrorismo a inicios de los noventa, y era necesario tomar decisiones difíciles. ¿Puede el gobierno usar las mismas estrategias de los terroristas que, por ejemplo, dinamitaron a una dirigente popular? ¿Puede utilizar estrategias más sanguinarias? ¿Para llegar a la victoria era lícito crear comandos de la muerte, que por lo bajo asesinaban a posibles terroristas, enterrando los cuerpos en algún cerro de la periferia de Lima? ¿Era permisible entrar a un tugurio del centro de Lima, donde sabíamos que se encontraban terroristas, y ametrallarlos sin contemplaciones? ¿Y qué si nos equivocamos y eran inocentes, como finalmente sucedió en el caso de Barrios Altos?

La respuesta es no, porque la forma realmente importa. No estoy diciendo que ante los coches bombas nuestra reacción sea solo hacer una marcha de pañuelos blancos y palomas de la paz. Estoy diciendo que esa lucha –donde murieron cientos de policías y militares, la gran mayoría verdaderos héroes del Perú- debió haberse realizado dentro de los conductos legales que garanticen los derechos básicos de todas las personas, incluyendo los subversivos que, por esa particularidad, no perdían su condición de seres humanos. Comandos de aniquilamiento no son aceptables bajo ninguna circunstancia ni en ningún país del mundo. Todos merecemos el derecho a la defensa, inclusive si somos culpables y la cadena perpetua nos espera, o si nuestras ideas políticas son nocivas para el resto de la sociedad. Para ello está la justicia, las normas, la cárcel, no una capucha sobre las cabezas ni una detención irregular ni una tortura agravante ni una ráfaga sigilosa.

La forma es importante. Si allí se cometen abusos y delitos, por más que logren el objetivo, deben asumir las consecuencias. Por ello, Fujimori ha sido condenado. Justamente.

Imagen:

http://reportajealperu.blogspot.com/2009/04/fujimori-condenado-25-anos-al-dia.html

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