domingo, 28 de junio de 2009

País partido

El Perú, como tantos otros estados, es un proyecto de nación, una idea, un proceso aún inconcluso que supuestamente nació con José de San Martín en 1821 pero que está lleno de conflictos consigo mismo. Nuestra diversidad es amplísima pero, como ha sucedido en otros sitios, la nación peruana ha andado por la historia ignorando la realidad de muchos con tristes resultados. Nuestro brutal pero solapado racismo es proverbial, de todas partes hacia todas partes: Lima versus provincias, costa versus sierra, clase alta versus clase baja, blancos y mestizos versus andinos, San Isidro versus Comas, Facebook versus Hi-5… y así podemos seguir. Viejas herencias, dicen algunos.

Muchas de nuestras relaciones entre peruanos se ciñen a la realidad del racismo solapado, lo que es agravado por nuestro propio subdesarrollo y la enervante pobreza que nos ahoga. El Perú ha crecido mucho económicamente en los últimos años pero concentrado en Lima, en la costa, beneficiando en especial a los que ya tenían. La sierra languidece y los niños mueren de frío en el sur día a día, pero nos concentramos en los contagiados de la gripe porcina de los colegios A-1 de Lima. En este escenario la selva, por supuesto, está a la cola de las propuestas de desarrollo nacional. Los shipibos y aguarunas no son importantes.

Las políticas se piensan desde Lima hacia el resto del país. Aunque de alguna manera ya se ha iniciado un proceso de descentralización, aún muchas de las leyes -como pueden suponer- no son pensadas desde el punto de vista de quien las debe cumplir sino desde el burócrata estatal, en especial cuando éstas deben legislar a algunas de las muchas culturas que existen en el Perú. Esto se da particularmente en la selva peruana, otro mundo totalmente distinto al ande y a la costa urbana. En muchos puntos es como si fueran un país distinto, donde las cosmovisiones ancestrales dominan la perspectiva de las cosas de la gente que vive allá, algo muy distinto a los limeños que miramos más a los valores de occidente.

Por ejemplo, la visión que tenemos de la selva aquí es la de un lugar lleno de recursos listos para explotar, una visión economicista, cuya génesis está en la satisfacción de las necesidades y en la necesaria cadena de producción que se requiere para esto. Queremos las caobas, los cedros, el petróleo, el agua y el gas. En contraste, los nativos buscan el equilibrio con el medio ambiente y se sienten satisfechos con su estilo de vida sencillo, donde ni siquiera existe el dinero. Obviamente se percibe un conflicto de visiones, y es una lástima que el mismo espíritu que arrasó con los indígenas en, por ejemplo, Latinoamérica en época colonial pero también en las independientes Argentina, Chile y los Estados Unidos, continúe. Me refiero a la minimización de los nativos, a su estigmatización, a esa idea perversa de pensar que son poco inteligentes, enemigos del progreso, primitivos, ciudadanos de segunda clase (lo dijo el mismo Alan García). Por consiguiente, podemos hacer lo que queramos con ellos; por ello debemos pensar por ellos, por ello sin remordimientos los acallamos enviando una batallón policial con poca organización y menos planificación para que se las arreglen como puedan, y si hay que usar balas, pues que se usen.

(Claro, no es el discurso oficial, pero algunos periodistas radicales sí lo decían explícitamente).

Ahora están todos los muertos, tanto del lado policial como del nativo. Y del lado político nadie es responsable. La muy evangélica ministra del Interior se aferra al cargo, el presidente no dice nada, los congresistas se hacen los locos, el gabinete dice que la decisión de acabar con los disturbios fue de todos los ministros –que es igual a decir que es de nadie-. Y luego de las bombas lacrimógenas desde helicópteros y policías degollados, ahora sí hay voluntad de dialogo, ahora sí se consultarán los decretos en cuestión, ahora sí se hará una ley forestal consensuada, respetuosa de los que por miles de años han vivido allí. ¿Y por qué la sangre, entonces? Si se pudo evitar, ¿por qué llegar a los extremos? Nos ganó el racismo y la actitud prepotente hacia el nativo amazónico, algo en extremo penoso. ¿Y ahora quién traerá la justicia, el consuelo, la paz real y trascendente? ¿Quién consolará a la esposa del oficial muerto en acción? ¿Quién criará a los niños de aquel líder tribal que murió en los enfrentamientos?

Alan García de seguro no lo hará.


Imagen: http://diariodeiqt.wordpress.com/2009/06/06/justicia-para-la-amazonia/

No hay comentarios:

Publicar un comentario