jueves, 25 de febrero de 2010

La doctrina del odio

Los fujimoristas permanentemente exponen la teoría del odio: millones de personas, en realidad todos lo que se oponen a Fujimori, lo odian con todo su corazón; aclaran que es un encono absolutamente injusto porque él sacó al país del abismo en que el joven y alterado Alan García nos dejó destrozados económicamente, anulados socialmente y casi derrotados por Sendero Luminoso. No debemos olvidar también que nos brindo, como regalo celestial de yapa, la paz definitiva con el Ecuador y el espectacular rescate de los rehenes. En otras palabras, los peruanos que nos oponemos a la influencia política fujimorista somos unos reverendos ingratos, que hoy vivimos de los activos que se crearon debido a las condiciones que Fujimori propició. Si hoy soy profesional y tengo trabajo, es porque hay un país en crecimiento y con una relativa estabilidad: ello es obra de Fujimori, y le debo estar agradecido. El odio es un sinsentido generado por antipatías irreales y manipuladas por gente que no aprecia la obra ingente y espectacular del “presidente más exitoso de la historia” (según los incondicionales de Fujimori). El odio es el móvil de la reciente condena de 25 años del ex-presidente. ¿Es esto así?

Es verdad que en el Perú existe una fuerte polarización por Alberto Fujimori. Un importante bastión aún lo respalda, en especial en las clases populares, a las que lo único que les interesa es el recuerdo de las obras del Chino como los miles de colegios que construyó y sus comedores populares. Una legión más grande lo rechaza, pensando en su descarado uso de los medio de comunicación en contra de sus antagonistas, los abusos de los derechos humanos, el copamiento de los organismos del poder que tan bien está imitando Hugo Chávez, la increíble influencia de su mellizo político Vladimiro Montesinos, el fraude electoral del 2000, el destape de su doble nacionalidad (y la desfachatez de su candidatura al senado japonés con el fin de globalizar el fujimorismo –Carlos Raffo dixit-), pero en especial el más alto nivel de corrupción de la historia peruana sin ninguna discusión. Son inolvidables las escenas del Doc con fajos de billetes, a manera de ladrillos, entregados a los dueños de los principales canales de televisión, vendidísimos al fujimontesinismo pero bien filmaditos todos ellos, y la renuncia a la presidencia vía fax, aprovechando el viaje a una cumbre internacional de presidentes en Brunei. Inquietantemente surrealista. Pero que esa polarización refleje un odio generalizado contra Fujimori que lo quiere hundir a costa de todo pues no lo creo, no lo percibo. Las cosas no son así.

Siento en el fujimorismo un exceso de sensibilidad que no tenían cuando estaban en el poder. Ellos eran crueles con sus opositores, llenando de noticias falsas los periódicos de cincuenta céntimos y acusándolos de las cosas más inverosímiles. No les importó la familia de los involucrados ni el honor personal. Ese sí era realmente odio, que se hacía concreto día a día; no era una antipatía reflejada en una declaración sino una calumnia que destrozaba personas con la sutileza de una trituradora de carne. Por ello no tienen derecho a hablar de odios, de resentimientos, como si Fujimori fuera un inocente que no supiera nada –idiota argumento-. Hizo muchas cosas buenas y necesarias, sí, pero cosas terribles que nos hundieron en el desencanto y la inmoralidad. Alan destruyó la economía; Fujimori destruyó la confianza y nos dejó como unos pordioseros de la ética y la moral. Eso es peor. Y no se habla del tema.

Otra cosa que también percibo es un tremendo error de los fujimoristas en su forma de percepción de la labor judicial (cosa que para nada me sorprende, porque ellos manipularon este poder del estado a su antojo). La judicatura funciona para, esencialmente, solucionar diferencias de opinión entre dos partes y sancionar los delitos que se encuentran tipificados en las leyes respectivas. En otras palabras, se encarga de ser árbitros y de castigar las cosas malas que hace la gente. La gran pregunta es: ¿Y quién se encarga de premiar las cosas buenas? Pues nadie. La falta se paga pero las buenas acciones no se amortizan de la misma manera. O sea, yo reparto 100 soles entre los necesitados y el pago es espiritual, pero si yo los robo seguro que paso unos días en la comisaría. Más aún, debemos tener en cuenta que lo más importante es que los delitos y las buenas acciones no se netean, no se cancelan mutuamente como si fueran transacciones comerciales: mi donación a los niños pobres de Haití no redime mi asesinato. Judicialmente es inaceptable. Y, por lo que sé, a Fujimori se le condena por delitos específicos que cometió como presidente. Y las reglas están dadas: eliminar la hiperinflación no lo libra de pagar por la ejecución de los estudiantes de la Universidad de la Cantuta (así hayan sido terroristas), firmar la paz con el Ecuador no lo salva de pagar cárcel por entrar con un fiscal falso a la casa de la ex esposa de Montesinos, el brillante rescate de los rehenes no lo exime de ser condenado por la escandalosa compensación por tiempo de servicios que le pagó a su asesor estrella. Así no funcionan las cosas. Eso no es odio, simplemente aplicación de la justicia más elemental, como le sucedería a cualquier peruano común y corriente.

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