sábado, 20 de febrero de 2010

Un político postmoderno

Las elecciones presidenciales peruanas aún están lejos. Poco más de un año nos separa de la fecha clave, y algunos aspirantes alborotan el gallinero con muy diferentes propuestas, palabras, argumentos ―o ausencia de estos―, dichos, silencios, cálculos y demás parafernalia. Lo mismo de siempre.

O casi.

En esta ocasión, Jaime Bayly ―quizá el personaje televisivo peruano más conocido internacionalmente y también destacado por ser escritor de novelas― no oculta sus aspiraciones presidenciales. Semana tras semana las comunica en su programa, y ya publicó unas ideas iniciales que pueden ser un punto de partida de un plan de gobierno, que han generado agrias críticas en la sociedad y algunas pocas simpatías. Definitivamente no estamos listos para ver parejas homosexuales casándose en el Parque del Amor de Miraflores aunque la cancelación del Concordato sea algo que quizá sí pudiera darse sin resentimientos de la mayoría de peruanos. Obviamente que en el tema educativo no tiene detractores.

Lo que más me agrada de la candidatura de Jaime Bayly es que él está, sin pretenderlo, marcando una pauta de un tipo de liderazgo postmoderno, alejado de la inmunda política peruana llena de corrupción y doble moral. Todos conocemos la vida de Bayly porque él sencillamente expresa lo que le pasa semana tras semana en su columna periodística o la ha traslucido en sus ficciones. Todos sabemos que es bisexual, que ha consumido drogas, que tiene una enamorada de 21 años (él tiene como 45, más o menos), que sus desencuentros con su familia no son pequeños, que no terminó la universidad, que toma pastillas para dormir, que su animadversión hacia la iglesia católica es colosal, que defiende la libertad por sobre otras cosas; es imposible imaginar una transparencia mayor, políticamente suicida. Tan distinta a la del presidente Alan García, que con cara de estreñido tuvo que anunciar que tenía un hijo de una relación extra-matrimonial (con la Primera Dama al costado, dura como una piedra de Machu Picchu), o los permanentes “destapes” que las campañas presidenciales poseen: por ejemplo, allí nos enteramos de la hija no reconocida de Alejandro Toledo, que estuvo en un larguísimo juicio hasta que consiguió finalmente ser aceptada, con hipócrita mensaje a la nación incluido. Pienso que este liderazgo abierto que no esconde sus defectos sino que los expone sin miedos y con humildad es lo que necesitamos, y no solamente en la política, sino en muchos otros ambientes.

Lo más negativo de Bayly es, por supuesto, su cercanía con el grupo político que dirigió el gobierno más corrupto de la historia del Perú: el clan Fujimori. Eso, probablemente, lo termine hundiendo, aunque uno nunca sabe por tu carácter errático, pero aún estamos demasiado lejos para saberlo con precisión. Quizá la moda, como brillantemente dice Alfredo, termine pronto.

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