domingo, 25 de septiembre de 2011

Este juego no vale tanto

De adolescente, en los noventas, fui al estadio muchas veces. Como el dinero era escaso, iba con mis amigos a sur; a veces a la barra, a veces al lado para mirar el partido con relativa tranquilidad. Desde tribuna popular vi muchos triunfos aliancistas, y algunas derrotas. Copas Libertadores, partidos amistosos, y por supuesto, algunos clásicos los vimos en desde la perspectiva del aliento blanquiazul, y nunca tuvimos problemas por eso. Nos juntábamos en alguna esquina del barrio, tomábamos un micro, y luego caminábamos lo que fuera necesario para llegar a Matute o al Estadio Nacional. Para cuando terminé la universidad ya iba muy poco al estadio, de preferencia cuando jugaba la selección ya que en esos encuentros el ambiente era mucho más tranquilo. 

Con el tiempo la vida fue cambiando, y también la experiencia de ir a un estadio. Aunque ya en los noventas el problema de la violencia era latente, creo que se hizo peor con el tiempo. Sin embargo, siempre pensé que eso no era un problema inherente y exclusivo del fútbol. Si decenas de personas se enfrentan a pedradas en una avenida de Lima escudados en sus camisetas deportivas, esto era por nuestra condición de sociedad fracturada, sin futuro, brutalmente disfuncional. El futbol y su parafernalia son solo un conducto por donde la violencia contenida sale a la luz, a la manera de un volcán. Es obvio que tenemos un problema como país, pero nada se está haciendo para solucionarlo. El tránsito violento, la indiferencia, el terrorismo, el racismo asolapado, el ignorar las reglas y las leyes, el poco interés de hacerlas cumplir, la delincuencia que crece, todo eso y más son los síntomas de nuestra enfermedad nacional. Y de lo único que se habla –a manera de cura- es de crecimiento económico, que para colmo es profundamente desigual. 

Hace un tiempo murió una chica, contadora ella, empujada por un energúmeno disfrazado de crema que la empujó de un bus en movimiento. Viene a mi mente el chico con síndrome de Down que miraba un partido en la tribuna de occidente, que murió impactado por una bengala lanzada desde la tribuna de enfrente: fue un militar dizque apasionado por su equipo. Vienen las múltiples notas periodísticas de muertos por enfrentamientos entre delincuentes barristas, de uno u otro color, acuchillados, baleados. Y ahora, llega esto, un joven asesinado, lanzado desde un palco supuestamente seguro al pavimento de la tribuna, alguien que podría ser cualquiera de nosotros. ¿Tanto vale el futbol? Definitivamente no. 

Como buenos peruanos, ya nos estamos lavando las manos. El club dueño de fecha dice que los palcos no les pertenecen, que son propiedad privada, que ellos solo son encargados de la tribuna y la cancha. La asociación de palquistas dice que ellos tampoco son los responsables. La policía seguro dirá que en propiedad privada no se meten. Algunos hinchas dicen que el problema es que se haya alquilado palcos a simpatizantes del equipo contrario (o sea, que el que fue al palco buscó su propia muerte. ¿Tanta estupidez hay en mi país?). Un muerto en un estadio, y nadie asume las consecuencias. Una porquería. Estos señores que no quieren asumir nada son parte de un negocio que vive con sus balances en rojo, no paga sus obligaciones con sus trabajadores y jugadores, permiten negociados extraños en las ventas de sus jugadores, tienen una cuantiosa deuda en impuestos que no se ven interesados a pagar, y para colmo, acogen a individuos violentos a los que les regalan entradas gratis o viajes. Si la cosa es tan distorsionada, quizás haya que suspenderla por un tiempo. Tal vez así se aprenda que el futbol, a fin de cuentas, es solo un juego, y que si ese juego cuesta vidas humanas, quizá nunca más debamos jugarlo.

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