miércoles, 27 de marzo de 2013

De levas y atavismos

Cuando era adolescente en los noventas, las levas eran una leyenda urbana, y el servicio militar era supuestamente obligatorio, aunque todos sabíamos cómo evitarlo.

Entrar a la universidad apenas se terminaba el colegio era una buena alternativa. Si eras universitario, te dejaban tranquilo. En ocasiones, solo el declarar las intenciones de ir a la universidad (aunque aún no estés en ella) podía servir: fue mi caso cuando me tocó ir a los exámenes de rigor en la Fuerza Aérea del Perú; decir esto bastó para no pasar el examen psicológico, el primero de los tres que estaban en la lista. Pero para quienes no tuvieran esa suerte, un buen contacto en las Fuerzas Armadas podía ayudar a evitar el servicio militar con un sello grande de “reserva disponible” en su documento. Muchos en los cuerpos armados aprovechaban eso para ganarse unas monedas jugando con la ansiedad adolescente. Vox populi. Conocí a algunos que usaron esta última opción.
  
Años después primó el sentido común, y el servicio militar se transformó en voluntario. Sin embargo, donde no hubo sensatez fue en las Fuerzas Armadas, al ignorar el hecho de que debían hacer más atractivo al producto ofrecido (servicio militar). Antes, la gente llegaba forzada a un régimen que era considerado una pérdida de tiempo. El flujo era constante, con cero incentivos para que las Fuerzas Armadas hicieran que el paso por ellas tenga una trascendencia práctica a largo plazo. Pero al hacerse voluntario el servicio militar, perder dos años de vida se hizo nada atractivo, y muy pocos jóvenes consideraron con seriedad entrar. Si un producto es pésimo, ¿por qué tomarlo? Con el tiempo mejoraron algunas cuestiones, pero de manera completamente insuficiente.

El producto siguió siendo malo, haciendo en unos años crítica la situación. Nadie iba a los cuarteles. ¿Qué hacen, entonces? Optaron por la obligatoriedad, la solución más fácil. Mal. Además, el gobierno decidió quedarse con el antiguo soborno al establecer una multa de setecientos dólares a quienes no vayan a las convocatorias. Peor, porque discriminan en favor de quienes pueden pagar la penalidad. El día de hoy, son escasos los que consideran en serio la opción del servicio militar por la pésimo del producto, y como en cualquier mercado, lo que deberían hacer es mejorarlo para que la gente opte por tomarlo. Estoy totalmente en desacuerdo con esa visión militarizada de que es un “compromiso moral y un deber moral de todos los peruanos” como lo dijo Donayre a Perú21. Yo amo y sirvo al Perú tan igual o más que un militar, siendo profesional, y trabajando desde mis espacios para el desarrollo de la Patria. Igual o más que un militar. Esta perspectiva de Donayre es distorsionada porque yerra en el enfoque que debe tomarse. En realidad, hay que ir un paso más allá, sacando a la luz algo mucho más profundo y urgente: la visión atávica de las FFAA que debe cambiar, para adaptarse a los tiempos modernos. ¿Qué harán cuando La Haya se defina, y nuestras fronteras queden totalmente definidas?  Es, por lo tanto, necesaria la discusión de su nueva misión en un Perú moderno sin conflictos armados externos, donde contribuyan de manera concreta al desarrollo de la nación.

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